lunes, 19 de diciembre de 2011

COMPLICIDAD CIVIL EN LOS GOLPES DE ESTADO y
 en la REPRESION ILEGAL
La noche del 23 al 24 de marzo de 1976, las fábricas de La Plata, Berisso y Ensenada, se convirtieron en escenario del horror.

Desde las cuatro de la madrugada, el Batallón 3 de Infantería de Marina, ocupó la planta de Propulsora Siderúrgica. Con lista en mano, fueron subiendo a los trabajadores a un colectivo y los ataron al pasamano. Su destino: los centros clandestinos de detención y tortura. Otro tanto sucedió en Astilleros Río Santiago y el frigorífico Swift.
A SIAP le llegó el turno después. En esta fábrica de capitales italianos, en la que se producían tableros de automóviles, la caza comenzaría el lunes 29. Pero como en las otras, incluso antes del golpe, las cosas no eran sencillas para los delegados. En el año ’74, pese a la férrea oposición de los sectores más ortodoxos de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), lograron presentarse a elecciones y le ganaron a la lista oficial. Fue la única fábrica en que los ganadores fueron reconocidos por el gremio. Entre sus conquistas, se cuenta haber conseguido que todos los empleados rotaran en los puestos de trabajo cada tres meses. Así, cuando fueron a paritarias “todos habían pasado por un puesto especializado, y desde allí se discutían los salarios”. “Eso fue revolucionario”, recuerda ahora Beatriz “Teté” Grasso, una entrerriana de Gualeguay que vivía en Berisso. Grasso era una de los 10 delegados de la Comisión Interna, una entre cuatro mujeres que representaban a 400 trabajadores en dos grandes talleres. Había entrado a trabajar en la fábrica a los 24 años, con el gobierno de Cámpora. En una asamblea, cuando se cuestionaba un acuerdo al que había llegado la UOM con la empresa unilateralmente, Teté le pidió explicaciones a quien era secretario general de la UOM platense, Antonio DiTomasso. “Nino” le puso el caño de un arma en la sien. Paradójicamente, Teté cree que eso terminó salvándole “el pellejo” hasta la llegada del golpe de Estado, ya que todos sus compañeros le advirtieron a Di Tomasso, que si algo le pasaba a ella o alguna de las delegadas, respondería por eso.
El jueves 25 de marzo de 1976, el diario El Día reproducía el comunicado número cuatro de la Junta Militar: “Todas las fuentes de producción y lugares de trabajo, estatales y privadas, a partir de la fecha, serán considerados objetivos de interés militar.” Ese día, algunos de los delegados, como Jorge Cena y su esposa, Nora La Spina, vieron la fábrica atestada de uniformes y no entraron. Los secuestraron en su casa unos meses más tarde, entre el 15 y el 20 de noviembre. La noche del secuestro, Nora tuvo a su segunda hija, en la Brigada de Investigaciones o la Comisaría 5ª: la llamó Mariana, y ambas permanecen desaparecidas. El 31 de diciembre de 1976, el cadáver de Jorge apareció cosido a balazos en un falso enfrentamiento en la localidad de Boulogne.

LA TRAICIÓN SINDICAL Y LA PARTICIPACIÓN EMPRESARIA. Los días previos al golpe de Estado, la fábrica estaba enrarecida. “Las listas estaban hechas, ya estaba todo preparado.” El gobernador Victorio Calabró había cobijado, durante su mandato, grupos parapoliciales que iniciaron una caza de brujas de los peronistas combativos y los militantes de izquierda, en toda la provincia. Cuando sobrevino el golpe, pensó en tranzar con el interventor militar de la provincia, Adolfo Sigwald, una salida negociada. Los gremios más tradicionales se plegaron.
Cinco días después, fueron a buscar a “Teté” Grasso a la planta de SIAP. Al mediodía la llamaron de la oficina de (Alfredo) Fregote, jefe de Relaciones Exteriores, con quién negociar mejoras para los obreros era una misión imposible. Estaba rodeado de hombres del Regimiento 7 que le pidieron que los acompañara. Pasó cinco años presa y en diciembre del ’76, encarcelada en Devoto, tuvo una hija que volvió a ver cuando recuperó su libertad, en octubre de 1981.
No fue ese lunes 29 de marzo la última vez que escuchó la voz de Fregote. Estando secuestrada en 1 y 60, un guardia que la llevaba al baño le confió que en el interrogatorio estaban “sus patrones”. Cayó en la cuenta que había oído la voz del hombre que la entregó en la fábrica, y la del jefe de Personal, un tal Antoni, que llegó a ser director administrativo del hospital de Berisso.
No fueron sus jefes los únicos que la vieron cuando se la llevaban. La tenían del brazo cuando vio a su secretario general, “Nino” Di Tomasso, en el asiento del acompañante de su Falcón, estacionado en la puerta de la planta. Se zafó del brazo de su captor y lo encaró:

-¿Viniste a ver tu obra?
-No, no me podés decir eso –repuso el sindicalista, que actualmente sigue siendo secretario adjunto de la sede platense de la UOM–.
-Claro que sí. Esta es la entrega que vos estás haciendo.

Años más tarde, en pleno menemismo, su militancia en el Partido Justicialista de Berisso, la volvió a cruzar con Di Tomasso. “¿Creíste que soy un fantasma?”, lo inquirió. El heredero de Diéguez, Vandor, Rucci, bajó la vista. “Me tiraron a matar, pero bicho malo, nunca muere”. La justicia federal platense no avanza, por el momento, en la imputación de la complicidad empresarial con la última dictadura. Las causas judiciales se focalizan –en su mayoría– por centro clandestino de detención, y las responsabilidad penal queda circunscripta a lo ocurrido en esos lugares y no a la individualidad de cada secuestro.
Teté nunca pudo volver a la fábrica después de salir de la cárcel. Había perdido su vida y hasta la noción real de un auto en movimiento. En 1994, SIAP se declaró en quiebra y dejó a sus trabajadores en la calle. En el predio en el que funcionó la empresa, está prevista la instalación de una “ciudad judicial” pero, al menos todavía, ninguna placa para sus desaparecidos.